Subió en el metro. Era un día de esos en los que después de salir de trabajar lo único que deseaba era llegar a casa y sentarse tranquilamente en el sofá a leer un buen libro. Todos los asientos del vagón estaban ocupados y le salió espontáneamente un bufido exclamatorio que mostraba a todos los usuarios del transporte público todo su mal humor y cansancio. Ensimismada en sus pensamientos, no se dio cuanta de que un chico se había levantado de su asiento para cedérselo, seguramente por el Buuuffff pletórico de hacía unos segundos, hasta que le tocó el hombro y le dijo:
-¿Quieres sentarte? Yo bajo en la siguiente parada y tienes cara de cansada.
Ella, simplemente dio las gracias y se sentó. Ni se fijó en la cara del chico caballeroso hasta que lo vio salir por la puerta del metro.
-¡Mierda, soy realmente estúpida!, el chico era guapo y parecía muy interesante. He perdido mi oportunidad de hacer realidad la típica historia de metro, tren o autobús, chico mira a chica o viceversa y se enamora fugazmente, y le acaba llamando “el chico que leía 100 años de soledad” o “la chica que se pintaba las uñas en el tren”. Con lo aficionada que era ella a los amores platónicos.
Sumando la rabia a su cansancio, no pudo más que cerrar los ojos, apoyando la cabeza en la ventana. Entonces empezó a escuchar un ruidito que provenía del suelo. Abrió los ojos y buscó de donde venía el ruidito. Era un abalorio redondo que rodaba chocándose con todos los zapatos de los viajeros por el ajetreo del vagón en movimiento. Del zapato de ejecutivo, a la bamba con cordones de leopardo, choca y se va hacia el centro del vagón, se queda bailando unos segundos y otra vez en movimiento, ahora contra un zapato de tacón y … directamente a sus pies. Se agachó a coger la bolita y se la metió en el bolsillo de la chaqueta.
Al llegar a casa, hizo lo que más deseaba, estirarse en el sofá sin quitarse siquiera la chaqueta y el bolso. Otro bufido, pero esta vez de satisfacción. Cerró de nuevo los ojos y le vino la imagen de la bolita rodando por los pies de desconocidos en el metro, recordó que se la había guardado en el bolsillo. La sacó y se quedó mirándola unos segundos. Era una bolita de color turquesa, un abalorio brillante que seguramente formaba parte de algún collar de vete a saber qué chica, niña o mujer.
Necesitaba asignarle un poder mágico a aquella bolita turquesa, decidió que iba a ser el abalorio de la suerte, su vida cambiaría porque era mágico. A partir de ese momento bastaría con desear algo con todas sus fuerzas y mirar su bolita para que se hiciera realidad, al igual que lo creía cuando era una niña y la vida no le había enseñado aún a no soñar. Los días posteriores fueron magníficos¡¡¡¡ tenía su bolita!!!! La recordaba chocando entre los zapatos del metro de una persona a otra, como las antiguas máquinas de pinball y sonreía ante la metáfora. Chocar de persona a persona hasta que una le dio un poder especial, de forma azarosa, ella no la buscó, la encontró.
Después de unos meses volvió a subir al mismo metro que había cogido el día que encontró el abalorio, era el momento de desprenderse de él. Había vuelto a creer en ella, había vuelto a ser feliz, a soñar. El abalorio era realmente mágico, alguien de ese vagón debía darse cuenta. Dejó el abalorio en el suelo y esperó. Empezó a girar de pie a pie, hasta que una mujer se dio cuenta de que había chocado contra sus manoletinas rojas, se agachó, lo cogió y se lo metió en el bolsillo.
Misión cumplida.


Tía, más de dos años sin escribir!! Muy mal!!
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