Llega el otoño, yo la llamo “la estación de la melancolía y el romanticismo silvestre” (ya sabéis de mi afición a etiquetarlo todo a mí manera), más concretamente el 23 de Septiembre a las 3 horas 09 minutos, nunca entenderé a quién le importa la hora exacta y porqué lo ponen en muchos calendarios, no creo que la hora sea relevante para la mayoría de la gente.
Cambia el paisaje (más oscuro y triste), el tiempo (todo el día lloviendo, y nunca sabes que ponerte y acabas siendo una cebolla andante y ahí viene cuando pillas las primeras galipandrías ), el estado de ánimo (los depresivos al borde del suicidio, los locos con brotes que vienen y van, los normales en plan melancólico y negativo, y podría seguir…), los árboles se quedan en bolas (se les caen las hojas) para dejarnos ver sus copas (muy bonito, pero no veas la gracia que les debe hacer a los barrenderos, aunque lleven la mochila aspiradora de los cazafantasmas), pese a todo esto, a mí siempre me ha gustado esta estación, ¿será que siempre he sido algo melancólica? y ahora me voy a poner en plan romántica, creo que el Otoño lo merece…
En la estación de la melancolía, las hojas forman unas alfombras espontáneas en las calles, que al pisarlas (o arrastrarlas) hacen un ruido bastante curioso, yo tengo mi teoría: otoño es una estación que me sugiere silencio y esta nota de sonido, hace de las calles y del caminar de la gente algo encantador (siempre que no lleves los pantalones que te arrastren mucho los bajos porque sino acabas barriendo las calles y dejando sin trabajo a los barrenderos). Las ventanas y balcones se cierran, cerramos los accesos al exterior, a la vida callejera, para cobijarnos en el interior de nuestros hogares, todo se envuelve de una intimidad mágica (y al pasar más horas dentro de casa aumentan las peleas familiares o de pareja y la pelea por el mando de la tele vuelve a su máximo esplendor). Llega el momento de vestirnos de colores oscuros (qué aburrido), llevar el paraguas siempre encima (qué coñazo), quedarnos en casa viendo pelis (siempre mejor acompañados… y aquí viene la depresión, cuando no tienes a nadie con quién verlas) y empezar a taparnos con una mantita en el sofá, salir a trabajar cuando aún es oscuro y volver cuando ya ha oscurecido ( y piensas: -He estado todo el día, de oscuridad a oscuridad metida en el trabajo! Qué asco!). La negatividad viene con los vientos otoñales.
Otoño es un poco putada, y ya no por el negativismo y melancolía generalizada, sino sobretodo por lo que voy a explicar ahora: “el romanticismo silvestre”. De golpe, sin saber porqué fluye un romanticismo interior, que no sabes de dónde sale, qué además asusta hasta a uno mismo, y empiezas a pensar todo lo contrario al verano (qué bien se está soltero con todo el “ganao” que hay suelto). ¡Sorpresa! Te has convertido en una ñoña pastelosa, con la morriña tonta esa de tener a alguien con el que poder pasear por esas alfombras de hojitas, poder ver pelis y taparos juntitos con la mantita, que dibuje corazones con el dedo en la espalda, hacer cenitas en casa en plan romanticón, caminar bajo el mismo paraguas abrazados (más cursi aún si es un paraguas de esos de 2 tamaño XXL), alguien a quien regalarle una bufandita hortera y que te abrace y frote los brazos por la calle cuando tienes frío, ir a buscar “bolets” al Roselló… (Al leer este párrafo, creo que mi romanticismo silvestre está en su nivel más elevado). Suerte que se sabe que este estado pasa con la llegada de la primavera, pero aún nos queda todo el otoño y también el invierno, qué horror.
Otoño, generalizando, nos vuelve unos depresivos estacionales de la ostia y nos pone de un romántico cursi qué dan hasta ganas de vomitar. Yo lo voy notando ya, ¿vosotros notáis como el otoño se palpa, se siente, se nota en el ambiente? Estoy más que asustada.
NOtA: Cualquier contradicción que se encuentre en el texto está hecha inconscientemente porque aún siendo positivista, estoy bajo los influjos de la estación (negativista) y esto puede llevar a ambigüedades.
By AieRim

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