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lunes, 22 de noviembre de 2010

Llego al paraíso en tren de cercanías


Llego a Barcelona en tren de cercanías. Consigo salir al exterior entre la multitud de gente que baja en Paseo de Gracia, que es muchísima para tratarse de un domingo. Hago este mismo trayecto a diario, y no me supone ningún esfuerzo hacerlo también en los días festivos, porque adoro Barcelona. Me enamoré de esta ciudad en no sé que momento de mi adolescencia. Seguramente sentada en algún banco de las ramblas fumándome un cigarro y viendo pasar a los barceloneses y a los que no lo son, o tumbada en el césped de el Parc de la Ciutadella leyendo un libro y escuchando las conversaciones de los de mi alrededor en varios idiomas, o caminando por las calles del Barrio Gótico y visitando sus librerías antiguas, o viendo las tiendas encantadoras de Gràcia, o tomándome una cerveza en algún bar “moderniqui” del Raval, o en cada una de estas situaciones…
Al subir las últimas escaleras que me llevan a la calle, me llega una bocanada de aire, aire de ciudad, del que dicen que es contaminante, agobiante, sucio… Yo tengo una sensación bien diferente. La bocanada me hace sonreír, me siento viva. Aire de vida, de libertad, aire de movimiento, aire de sucesos… y cada vez que subo esas escaleras siento lo mismo y que así siga siendo, por favor. Bajo Paseo de Gracias caminando, aunque he quedado con mi amiga, y colega psicóloga, en parada de metro Plaza Cataluña con Ramblas, mi favorito punto de encuentro, a la mínima oportunidad que tengo de ir caminando por la ciudad lo hago. Además, al conocer el subidón de la primera ráfaga de aire antes nombrado, me gusta disfrutar un rato de sus efectos secundarios. Camino unos 15 minutos con la sonrisa de entusiasta en la cara, con los pasos firmes de alguien seguro de sí mismo, algo parecido a las modelos de Victoria Secret en los desfiles de ropa interior, sintiéndome la mujer más feliz del mundo, observando las caras de la gente al ver la Casa Batlló y la preciosidad de paisaje de este paseo y finalmente me acabo riendo a carcajada limpia, yo sola claro,  por mi conducta de flipada, que por un lado no es nada nuevo, pero por otro siempre me hace reír al identificarla. Y pienso para “mis adentros más profundos”: Joer, no sé como te pondrías si llegaras a New York, rollo película americana dónde una chica pobre de pueblo se siente una diva porque ha llegado a la ciudad en busca de su oportunidad y está segurísima de que lo va a conseguir.
Llego a mi favorito punto de encuentro y todavía quedan veinte minutos para que llegue mi colega. Encuentro un banco individual vacío, junto a otros dos de dos plazas que están ocupados por dos chicos comiendo un helado y dos mujeres de unos cincuenta años cubiertas hasta el cuello de bolsas de comercios próximos a la Rambla. Decido sentarme en el banco individual. Estoy escuchando música con mis cascos ochenteros de color lila, los más horteras y cantones que había en la tienda, suena en ese momento “Love is in the air”, me pone de buen rollo esa canción y es idónea para el momento. Se levantan los dos chicos, han comentado algo de ir paseando por la Rambla para ver las paradas de animalitos. Ingenuos, aún no deben saber que las han quitado y han puesto paradas de comida. Cómo la han cagado, han quitado no sólo los animales, sino una gran parte del encanto de la Rambla de Barcelona.
 Al levantarse los dos chicos, se sienta a mi lado una anciana bajita, algo encorvada, con el pelo corto, suelto, blanco y rizado. Lleva puesta una chaqueta de lana que seguramente se ha hecho ella misma y camina arrastrando los pies. Su cara es agradable, pálida, ojos hundidos pero dulces. Me dice algo que no entiendo, llevo la música tan fuerte que no escucharía una bocina. Me quito los cascos y me disculpo por no haberla escuchado.
-Perdone. ¿Qué me decía?
-Hoy mis amigas no han venido. Cada día me reúno en estos bancos con dos amigas para hablar un ratito. Pero hoy hace frío. Seguramente estarán en casa junto a la estufa. Yo no tengo tanto frío. Hoy no hace tanto frío. Mira yo llevo una camisa y esta chaqueta y me basta. Qué lástima, esta tarde no vendrán. Porqué ya por la hora que es… normalmente ya están aquí a esta hora y hoy no han venido. No vendrán no.
Mientras la anciana habla, yo la escucho con atención. Siempre he sentido gran admiración por la gente mayor, por lo que han sido, por lo que cuentan, aunque se repitan como el ajo, saco una capacidad de escucha digna de una psicóloga. A los 9 años ya no me quedaba vivo ningún abuelo y siempre que veo a alguien joven acompañado de alguno de sus abuelos, me invade una envidia enorme por no poder disfrutar de los afectos que sólo ellos saben dar, ni de sus historias de juventud, enseñanzas, consejos y me suelo preguntar si saben lo afortunados que son. Yo pagaría por pasar un rato con mi abuela, que me solía hablar de plantas y mariposas. Voy a darle conversación y a dejarme cautivar un rato por su dulce mirada, aunque no sea la de mi abuela, era muy parecida. Algunas miradas me parecen homogéneas y me hacen recodar personas. La suya me recuerda a ella. Me estremezco de añoranza, siento ganas de abrazarla.
-Pues sí… deben haberse quedado en casa sus amigas, hoy es domingo y hace frío. ¿Qué vive por aquí cerca? Yo he quedado con una amiga para vernos un rato y pasar la tarde del domingo charlando un poco y tomando un cafecito calentito, que hoy apetece (mentira, que nos vamos a pegar unas birras, pero me da corte decírselo, no vaya a pensar que soy una borrachuza).
Llega mi colega, me despido de la dulce anciana y le deseo una buena tarde, pero lo que realmente me gustaría desearle es un buen final de vida. Bajamos Rambla hacia el Café de las delicias.


by Aierim

2 comentarios:

  1. que bonito tia...
    me han caido las lagrimas...
    sigue llenando paginas en blanco con tus historias..porque vale la pena amiga!!!
    te quiero!mua

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  2. gracias!!!! por perder un rato de tu tiempo leyéndome.... y por los ánimos!!! reguapa!

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