El BloG de Una PsiCóLogA FrUsTraDa qUe UtiLizA La EsCrituRa coMo ModO de CatArSis. De AnTeMaNo diRé: Los PsiCóLogos No diCeN esTupiDeces, aSociAn LiBremente...

miércoles, 8 de junio de 2011

El AbALoRio AzArOso

Subió en el metro. Era un día de esos en los que después de salir de trabajar lo único que deseaba era llegar a casa y sentarse tranquilamente en el sofá a leer un buen libro. Todos los asientos del vagón estaban ocupados  y le salió espontáneamente un bufido exclamatorio que mostraba a todos los usuarios del transporte público todo su mal humor y cansancio. Ensimismada en sus pensamientos, no se dio cuanta de que un chico se había levantado de su asiento para cedérselo, seguramente por el Buuuffff  pletórico de hacía unos segundos, hasta que le tocó el hombro y  le dijo:
-¿Quieres sentarte? Yo bajo en la siguiente parada y tienes cara de cansada.
Ella, simplemente dio las gracias y se sentó. Ni se fijó en la cara del chico caballeroso hasta que lo vio salir por la puerta del metro.
-¡Mierda, soy realmente estúpida!, el chico era guapo y parecía muy interesante. He perdido mi oportunidad de hacer realidad la típica historia de metro, tren o autobús, chico mira a chica o viceversa y se enamora fugazmente, y le acaba llamando “el chico que leía 100 años de soledad” o “la chica que se pintaba las uñas en el tren”. Con lo aficionada que era ella a los amores platónicos.
Sumando la rabia a su cansancio, no pudo más que cerrar los ojos, apoyando la cabeza en la ventana. Entonces empezó a escuchar un ruidito que provenía del suelo. Abrió los ojos y buscó de donde venía el ruidito. Era un abalorio redondo que rodaba chocándose con todos los zapatos de los viajeros por el ajetreo del vagón en movimiento. Del zapato de ejecutivo, a la bamba con cordones de leopardo, choca y se va hacia el centro del vagón, se queda bailando unos segundos y otra vez en movimiento, ahora contra un zapato de tacón y … directamente a sus pies. Se agachó a coger la bolita y se la metió en el bolsillo de la chaqueta.
Al llegar a casa, hizo lo que más deseaba, estirarse en el sofá sin quitarse siquiera la chaqueta y el bolso. Otro bufido, pero esta vez de satisfacción. Cerró de nuevo los ojos y le vino la imagen de la bolita rodando por los pies de desconocidos en el metro, recordó que se la había guardado en el bolsillo. La sacó y se quedó mirándola unos segundos. Era una bolita de color turquesa, un abalorio brillante que seguramente formaba parte de algún collar de vete a saber qué chica, niña o mujer.
Necesitaba asignarle un poder mágico a aquella bolita turquesa, decidió que iba a ser el abalorio de la suerte,  su vida cambiaría porque era mágico. A partir de ese momento bastaría con desear algo con todas sus fuerzas y mirar su bolita para que se hiciera realidad, al igual que lo creía cuando era una niña y la vida no le había enseñado aún a no soñar. Los días posteriores fueron magníficos¡¡¡¡ tenía su bolita!!!! La recordaba chocando entre los zapatos del metro de una persona a otra, como las antiguas máquinas de pinball y sonreía ante la metáfora. Chocar de persona a persona hasta que una le dio un poder especial, de forma azarosa, ella no la buscó, la encontró.
Después de unos meses volvió a subir al mismo metro que había cogido el día que encontró el abalorio,  era el momento de desprenderse de él. Había vuelto a creer en ella, había vuelto a ser feliz, a soñar. El abalorio era realmente mágico, alguien de ese vagón debía darse cuenta. Dejó el abalorio en el suelo y esperó. Empezó a girar de pie a pie, hasta que una mujer se dio cuenta de que había chocado contra sus manoletinas rojas, se agachó, lo cogió y se lo metió en el bolsillo.
Misión cumplida.
by Aierim

domingo, 3 de abril de 2011

SiN SiNaPsiS


Vacía. Sin nada que ofrecer. No sé que explicar, ni siquiera a mí misma. Los que me conocen me dicen que hace tiempo que no escribo, pero es que creo que si me dieran la vuelta con una grúa y me menearan, sacaría de la boca trocitos de papel en blanco. Lo más ocurrente que puedo escribir es sobre los 4 kilogramos que me engordado en 5 meses y cómo descubrí que se habían instalado los cuatro enteritos en mis abdominales, bueno, en lo que eran mis abdominales. Entonces puedo decir que estoy un poco rellena, y no vacía del todo, de rica anchoa, por esos kilitos de más.
Aunque sea para demostrarme a mí misma, una de mis grandes aficiones, que puedo escribir algo hasta cuando  todas mis neuronas no realizan ni una simple sinapsis, lo explicaré.
 Me acababa de levantar, después que me sonara el despertador a las 5.30 de la mañana con la canción de “La valse d’Amelie”, muy buen rollera, ya que me hace despertarme con ganas de bailarla con un franchute narizudo. Me había duchado y vestido sin mirarme al espejo, no tengo tiempo a esas horas. Después de fumarme el correspondiente cigarrito de putilla (ahora fumo un tabaco finito, porqué me sale más barato, pero no hay mal que por bien no venga, me da un toque sofisticado, o es creo yo) y desayunado, me dirigí al lavabo a lavarme los dientes. Yo soy muy enérgica en el frote, de los dientes (para los mal pensados). Pues no va y me empieza a vibrar con el movimiento todo el michelinazo que rodea  mi cintura. ¡Joer, que me asusté y todo!
Con cierto temor levanté la camiseta y ahí estaba el flotador de carne. Aún se movía y había dejado de lavarme los dientes. Si es que cuando una se acerca a los 30 años los kilos no se van tan fácilmente, vienen para instalarse, no de vacaciones como hacían antes cuando volvían a casa por navidad, pero para la primavera migraban hasta el año siguiente, algo así como los cisnes. ¡No, no, no, ni hablar, estamos a marzo y ahí siguen los 2 kilogramos de la Navidad pasada, más los de esta, más un añadido de las cervecitas del fin de semana de todo el año!
Y mira que me jode escribir sobre esto, parece un fragmento extraído de El diario de Bridget Jones y hasta ahora siempre me había parecido tonto y superficial, pues mira qué voy a tener que acabar dándole la razón en muchas cosas. Aunque siempre me negaré rotundamente a  utilizar fajamanta para disimular el acolchado de mi cintura, como hacía esta señorita treintañera depresiva.
En definitiva, llevo un mes desayunando Special K, según el anuncio en 15 días pierdes unos kilillos. No sé porque cojones la tipa del anuncio dice que le hace sentir bien y se pone a saltar como si estuviera en un campo de amapolas por la cocina, yo me levanto a desayunar de una mala hostia cuando pienso en las tostadas con mantequilla y azúcar que me metería entre pecho y espalda y tengo que comerme esa cosa insípida con virutas microscópicas de chocolate que las deben poner para hacernos pensar que estamos comiendo algo delicioso ¡y un churro! Como me gustaría poner en su sitio a los publicitas de comida dietética, compresas, tampones…
Esta situación es el pez que se muerde la cola. Estoy vacía de ideas y haciendo dieta lo único que pienso en todo el día es en un buen bocadillo de panceta con queso, sólo escribiría sobre gastronomía, no puedo concentrarme. Así que tengo que tomar una decisión, dejar la dieta a un lado comer azúcares y grasas que hagan posibles mis sinapsis y aceptar con alegría los kilitos de más, o volverme una amargada vacía de ideas.
Decidido, me quedo rellena de ideas y de kilos.





 By Aierim

sábado, 22 de enero de 2011

Un SueÑo CualQuiEra

Naira se levantó todavía con todas y cada una de las imágenes en la memoria del sueño que había tenido esa noche de Enero. Aunque no era difícil, era uno de los que se repetían varias veces al año.
Se veía a ella misma en el “El Café Cre-Arte”, acabando de concretar con uno de los artistas que iba a exponer, una colección de fotografías realizadas en la India, en qué lugar, formato y soporte se iban a presentar. Cada mes se cambiaba la exposición, podía ser tanto de fotografía, como de pintura o escultura. Conjuntamente, bebiéndose unas medianas a morro,  se les ocurrió la brillante idea de exponer las fotos dentro de jarrones de cristal, lo probaron con uno de los que ya había en el local y el resultado era interesante. A través del cristal, se conseguía un efecto lupa muy original, además el mismo fotógrafo le había explicado anteriormente, que  la pobreza en la India es algo que los turistas prefieren no ver, preferirían no tener contacto con ello, pero se acababa viendo. Así que los jarrones harían la metáfora perfecta de lo que le había explicado. El lado negativo era que después de la exposición debería romper todos los jarrones de cristal para volver a archivar las fotos. El fotógrafo se llamaba Edgar y era un bohemio más de los muchos que pasaban por el café.
El café llevaba más de un año abierto e iba viento en popa. Era un local de unos 150 m2 y estaba decorado con muebles antiguos restaurados, algunos de ellos a la venta. Se dividía en varios rincones: el rincón literario, dónde las personas que soñaban con ser escritoras y que los demás les leyesen dejaban su libro impreso y encuadernado con unas cuantas hojas en blanco detrás. En esas hojas, los clientes que habían elegido leer el libro, hacían su crítica. Era interesante para el escritor y para los que iban allí buscando alimentarse del arte de los demás. En este mismo rincón, existía un corcho que ocupaba toda la pared con cientos de papelitos de colores con mensajes “filosóficos”. El corcho tenía las instrucciones, claramente escritas y firmadas, en la parte superior, por un conocido poeta de la ciudad. Se debía dejar el papelito, sólo si veías en el corcho una frase mejor que la tuya. Si así era, te llevabas la que te parecía la mejor y la sustituías por la tuya.
En el rincón de los diseñadores se colgaban de una cuerda algunas de las prendas de ropa de diferentes diseñadores jóvenes, que soñaban con qué un día sus prendas las lucieran modelos famosas en alguna pasarela internacional, juntamente con un expositor de joyería artesanal.
El rincón audiovisual estaba dispuesto de varios ordenadores y un listado de los cortometrajes y música que se podían escuchar. Al igual que los demás rincones, los creadores eran gente con ganas de mostrar su arte a los demás y poder recibir críticas que les ayudasen a mejorar. Relacionado con este rincón audiovisual, el último viernes de cada mes, se proyectaba un corto y lo presentaba el director de éste, o se hacia un concierto en acústico de algún grupo alternativo.
Si alguien lo solicitaba, se realizaban conferencias, presentaciones de libros, obras teatrales … era un espacio abierto al arte, donde Naira había conseguido fusionar varias de sus pasiones y aunque no participara directamente en ellas, podía colaborar y ayudar a que los demás dieran a conocer sus creaciones, envolverse de inquietudes y ganas de vivir ajenas. Era un trabajo que le permitía retroalimentarse constantemente, nada monótono y en el que conocía mucha gente a diario, mayormente gente interesante y de las que tenía cosas que aprender. Le permitía ser feliz  y se sentía en deuda con la vida.
-Tirirí, tirirí ¡!! Tirirí, tirirí!!!!
Había sido tan feliz esos 10 minutos volviendo a revivir su sueño, pero esta vez despierta, que al volver a la realidad por un sonido de despertador, le pareció tan decepcionante que se puso a llorar. Tras un largo tiempo de sollozos, se dio cuenta que se le había hecho tarde para llegar al trabajo. – “Es mi sueño,  precioso, pero un sueño como cualquiera de los sueños que tienen todas las personas, un sueño difícil de cumplir y que probablemente no cumpliré jamás, por eso se llaman sueños…”. Naira se vistió y activó el modo robotizado destino al trabajo.

                                                                         By Aierim


lunes, 22 de noviembre de 2010

Llego al paraíso en tren de cercanías


Llego a Barcelona en tren de cercanías. Consigo salir al exterior entre la multitud de gente que baja en Paseo de Gracia, que es muchísima para tratarse de un domingo. Hago este mismo trayecto a diario, y no me supone ningún esfuerzo hacerlo también en los días festivos, porque adoro Barcelona. Me enamoré de esta ciudad en no sé que momento de mi adolescencia. Seguramente sentada en algún banco de las ramblas fumándome un cigarro y viendo pasar a los barceloneses y a los que no lo son, o tumbada en el césped de el Parc de la Ciutadella leyendo un libro y escuchando las conversaciones de los de mi alrededor en varios idiomas, o caminando por las calles del Barrio Gótico y visitando sus librerías antiguas, o viendo las tiendas encantadoras de Gràcia, o tomándome una cerveza en algún bar “moderniqui” del Raval, o en cada una de estas situaciones…
Al subir las últimas escaleras que me llevan a la calle, me llega una bocanada de aire, aire de ciudad, del que dicen que es contaminante, agobiante, sucio… Yo tengo una sensación bien diferente. La bocanada me hace sonreír, me siento viva. Aire de vida, de libertad, aire de movimiento, aire de sucesos… y cada vez que subo esas escaleras siento lo mismo y que así siga siendo, por favor. Bajo Paseo de Gracias caminando, aunque he quedado con mi amiga, y colega psicóloga, en parada de metro Plaza Cataluña con Ramblas, mi favorito punto de encuentro, a la mínima oportunidad que tengo de ir caminando por la ciudad lo hago. Además, al conocer el subidón de la primera ráfaga de aire antes nombrado, me gusta disfrutar un rato de sus efectos secundarios. Camino unos 15 minutos con la sonrisa de entusiasta en la cara, con los pasos firmes de alguien seguro de sí mismo, algo parecido a las modelos de Victoria Secret en los desfiles de ropa interior, sintiéndome la mujer más feliz del mundo, observando las caras de la gente al ver la Casa Batlló y la preciosidad de paisaje de este paseo y finalmente me acabo riendo a carcajada limpia, yo sola claro,  por mi conducta de flipada, que por un lado no es nada nuevo, pero por otro siempre me hace reír al identificarla. Y pienso para “mis adentros más profundos”: Joer, no sé como te pondrías si llegaras a New York, rollo película americana dónde una chica pobre de pueblo se siente una diva porque ha llegado a la ciudad en busca de su oportunidad y está segurísima de que lo va a conseguir.
Llego a mi favorito punto de encuentro y todavía quedan veinte minutos para que llegue mi colega. Encuentro un banco individual vacío, junto a otros dos de dos plazas que están ocupados por dos chicos comiendo un helado y dos mujeres de unos cincuenta años cubiertas hasta el cuello de bolsas de comercios próximos a la Rambla. Decido sentarme en el banco individual. Estoy escuchando música con mis cascos ochenteros de color lila, los más horteras y cantones que había en la tienda, suena en ese momento “Love is in the air”, me pone de buen rollo esa canción y es idónea para el momento. Se levantan los dos chicos, han comentado algo de ir paseando por la Rambla para ver las paradas de animalitos. Ingenuos, aún no deben saber que las han quitado y han puesto paradas de comida. Cómo la han cagado, han quitado no sólo los animales, sino una gran parte del encanto de la Rambla de Barcelona.
 Al levantarse los dos chicos, se sienta a mi lado una anciana bajita, algo encorvada, con el pelo corto, suelto, blanco y rizado. Lleva puesta una chaqueta de lana que seguramente se ha hecho ella misma y camina arrastrando los pies. Su cara es agradable, pálida, ojos hundidos pero dulces. Me dice algo que no entiendo, llevo la música tan fuerte que no escucharía una bocina. Me quito los cascos y me disculpo por no haberla escuchado.
-Perdone. ¿Qué me decía?
-Hoy mis amigas no han venido. Cada día me reúno en estos bancos con dos amigas para hablar un ratito. Pero hoy hace frío. Seguramente estarán en casa junto a la estufa. Yo no tengo tanto frío. Hoy no hace tanto frío. Mira yo llevo una camisa y esta chaqueta y me basta. Qué lástima, esta tarde no vendrán. Porqué ya por la hora que es… normalmente ya están aquí a esta hora y hoy no han venido. No vendrán no.
Mientras la anciana habla, yo la escucho con atención. Siempre he sentido gran admiración por la gente mayor, por lo que han sido, por lo que cuentan, aunque se repitan como el ajo, saco una capacidad de escucha digna de una psicóloga. A los 9 años ya no me quedaba vivo ningún abuelo y siempre que veo a alguien joven acompañado de alguno de sus abuelos, me invade una envidia enorme por no poder disfrutar de los afectos que sólo ellos saben dar, ni de sus historias de juventud, enseñanzas, consejos y me suelo preguntar si saben lo afortunados que son. Yo pagaría por pasar un rato con mi abuela, que me solía hablar de plantas y mariposas. Voy a darle conversación y a dejarme cautivar un rato por su dulce mirada, aunque no sea la de mi abuela, era muy parecida. Algunas miradas me parecen homogéneas y me hacen recodar personas. La suya me recuerda a ella. Me estremezco de añoranza, siento ganas de abrazarla.
-Pues sí… deben haberse quedado en casa sus amigas, hoy es domingo y hace frío. ¿Qué vive por aquí cerca? Yo he quedado con una amiga para vernos un rato y pasar la tarde del domingo charlando un poco y tomando un cafecito calentito, que hoy apetece (mentira, que nos vamos a pegar unas birras, pero me da corte decírselo, no vaya a pensar que soy una borrachuza).
Llega mi colega, me despido de la dulce anciana y le deseo una buena tarde, pero lo que realmente me gustaría desearle es un buen final de vida. Bajamos Rambla hacia el Café de las delicias.


by Aierim

martes, 12 de octubre de 2010

CoMo MuRos o PuErTas de LavaBo PúBlico

Cada una de las personas con las que nos cruzamos en nuestra vida deja un mensaje  en nosotros. El mensaje puede venir camuflado de distintas formas: una enseñanza, una experiencia, un pensamiento, un bar recomendado, una ciudad, una caricia, un beso, una peli, una creencia, una cita de algún escritor, una canción, un libro... o simplemente ser explícito. Todos ellos influyen en menor o mayor medida en nosotros y nos hace lo que somos “Somos lo que aprendemos de los demás, los mensajes que nos dejan”. A veces somos conscientes de cuál ha sido, otras no. Ni siquiera los depositarios de los mensajes saben si dejan alguno, en el caso que los dejen, tampoco saben cuando quedan grabados en nosotros, cuál ha sido el que nos hemos quedado. Todos somos mensajeros y emisores. Por eso, yo digo que las personas somos como “muros o puertas de lavabo” donde cada cuál deja su mejor frase.
Si se pudieran ver, seríamos cuerpos tatuados por miles de frases,  nos podríamos hacer una idea de la esencia de cada persona, pero eso no es posible, y menos mal, la gracia de conocer  realmente a alguien es llegar a averiguar sus mensajes  subcutáneos, de los que se compone. Frases que nos dijeron nuestros ex novios, ex amantes, desconocidos en un bar o tren, amigos, padre, madre, hermanos…  tanto positivos como negativos.
En mi muro, o en la puerta de mi lavabo hay frases que nunca se borrarán: Eres mejor de lo que me imaginaba, te quiero en mi vida, yo mataría monstruos por tí, si hemos perdido hemos ganado historias que contar más que algunos tienen, tienes demasiado carácter, la escritura tiene mucho poder, debes aprender a decir no, en la vida hay que fijarse en los detalles insignificantes, no dejes nunca de ser inquieta, busca la felicidad en tí y no en tu pareja, tu impulsividad es lo mejor y lo peor de tí o un simple me encantas. Estas son algunas de las cientos de citas escritas bajo mi piel. Algunas de las citas ocupan un enorme espacio en el muro, otras espacios insignificantes, pero que están. Existen las escritas unas sobre otras y cuestan de leer al haberse solapado… Mensajes que con el paso de los años se borraron, otros que no los borra el tiempo, debieron de utilizar algún tipo de tinta permanente. Creo que hay mensajes que están ahí pero en ocasiones no los veo, éstos seguramente han sido escritos con rotuladores transparentes, de esos mágicos que sólo se ven en la oscuridad, en este caso cuando hago una gran introspección.
Hubo quién pasó por delante de mi muro y no dejó ningún mensaje como tal, simplemente se quedó observando, no escribió, pero dejó su mirada, su karma, su energía o como se quiera llamar, impregnada en la piedra. Esos mensajes también cuentan. Los que vieron el muro de pasada y ni siquiera se molestaron en leerlo, o los que lo leyeron y no les resultó interesante, preferían otros muros más exóticos.
Pero no nos olvidemos, nosotros también somos escritores-grafiteros, es muy importante lo que transmitimos a los demás, nuestros propios mensajes y los que van sobre los demás, no hay que mentir, pero siempre es mejor decir la verdad con un toque dulce, esconder la pastilla amarga en un trocito de bizcocho, fomentar lo positivo, transmitir alegría, motivar al cambio, todos podemos hacerlo, porque ¿y si uno de nuestros mensajes es de esos que se quedan para toda la vida, de los escritos con permanente? Yo prefiero escribir cosas bonitas en todos los muros o puertas de lavabo que me vaya encontrando en mi vida, no quiero escribir pesimismo ¿Tú, qué quieres escribir?

By AieRiM

jueves, 16 de septiembre de 2010

La eStaCióN dE La mElaNcolíA y eL roManTiciSmO SilVestRe

Llega el otoño, yo la llamo “la estación de la melancolía y el romanticismo silvestre” (ya sabéis de mi afición a etiquetarlo todo a mí manera), más concretamente el 23 de Septiembre a las 3 horas 09 minutos, nunca entenderé a quién le importa la hora exacta y porqué lo ponen en muchos calendarios, no creo que la hora sea relevante para la mayoría de la gente.
Cambia el paisaje (más oscuro y triste), el tiempo (todo el día lloviendo, y nunca sabes que ponerte y acabas siendo una cebolla andante y ahí viene cuando pillas las primeras galipandrías ), el estado de ánimo (los depresivos al borde del suicidio, los locos con brotes que vienen y van, los normales en plan melancólico y negativo, y podría seguir…), los árboles se quedan en bolas (se les caen las hojas) para dejarnos ver sus copas (muy bonito, pero no veas la gracia que les debe hacer a los barrenderos, aunque lleven la mochila aspiradora de los cazafantasmas), pese a todo esto, a mí siempre me ha gustado esta estación, ¿será que siempre he sido algo melancólica? y ahora me voy a poner en plan romántica, creo que el Otoño lo merece…
En la estación de la melancolía, las hojas forman unas alfombras espontáneas en las calles, que al pisarlas (o arrastrarlas) hacen un ruido bastante curioso, yo tengo mi teoría: otoño es una estación que me sugiere silencio y esta nota de sonido, hace de las calles y del caminar de la gente algo encantador (siempre que no lleves los pantalones que te arrastren mucho los bajos porque sino acabas barriendo las calles y dejando sin trabajo a los barrenderos). Las ventanas y balcones se cierran, cerramos los accesos al exterior, a la vida callejera, para cobijarnos en el interior de nuestros hogares, todo se envuelve de una intimidad mágica (y al pasar más horas dentro de casa aumentan las peleas familiares o de pareja y la pelea por el mando de la tele vuelve a su máximo esplendor).   Llega el momento de vestirnos de colores oscuros (qué aburrido), llevar el paraguas siempre encima (qué coñazo), quedarnos en casa viendo pelis (siempre mejor acompañados… y aquí viene la depresión, cuando no tienes a nadie con quién verlas) y empezar a taparnos con una mantita en el sofá, salir a trabajar cuando aún es oscuro y volver cuando ya ha oscurecido ( y piensas: -He estado todo el día, de oscuridad a oscuridad metida en el trabajo! Qué asco!). La negatividad viene con los vientos otoñales.
Otoño es un poco putada, y ya no por el negativismo y melancolía generalizada, sino sobretodo por lo que voy a explicar ahora: “el romanticismo silvestre”. De golpe, sin saber porqué  fluye un romanticismo interior, que no sabes de dónde sale, qué además asusta  hasta a uno mismo, y empiezas a pensar todo lo contrario al verano (qué bien se está soltero con todo el “ganao” que hay suelto).  ¡Sorpresa! Te has convertido en una ñoña pastelosa, con la morriña tonta esa de tener a alguien con el que poder pasear por esas alfombras de hojitas, poder ver pelis y taparos juntitos con la mantita, que dibuje corazones con el dedo en la espalda, hacer cenitas en casa en plan romanticón, caminar bajo el mismo paraguas abrazados (más cursi aún si es un paraguas de esos de 2 tamaño XXL), alguien a quien regalarle una bufandita hortera y que te abrace y frote los brazos por la calle cuando tienes frío, ir a buscar “bolets” al Roselló… (Al leer este párrafo, creo que mi romanticismo silvestre está en su nivel más elevado).  Suerte que se sabe que este estado pasa con la llegada de la primavera, pero aún nos queda todo el otoño y también el invierno, qué horror.
Otoño, generalizando, nos vuelve unos depresivos estacionales de la ostia y nos pone de un romántico cursi qué dan hasta ganas de vomitar. Yo lo voy notando ya, ¿vosotros notáis como el otoño se palpa, se siente, se nota en el ambiente? Estoy más que asustada.
NOtA: Cualquier contradicción que se encuentre en el texto está hecha inconscientemente  porque aún siendo positivista, estoy bajo los influjos de la estación (negativista) y esto puede llevar a ambigüedades.


By AieRim

domingo, 5 de septiembre de 2010

El AntEs y eL DesPués Del MosQuito TiGre

Me voy a cagar, y perdónenme ustedes, en el mismísimo momento que llegó el Aedes Albopictus (o mosquito tigre) a Sant Cugat del Vallés. Ya le va bien el nombre en latín, ya, “joeres lo que pictus”, lo que viene siendo mi traducción, que joer lo que pica el mosquito asiático. Y lo peor es que ¡¡¡ atraviesa la ropa!!!!! , es decir, que no vale ni la estrategia de toda la vida, taparse con la sábana. Los odio. Le llaman tigre porqué es negro con rayas blancas, a lo Wally, igualito, porque yo juego a buscarlos por la habitación y cuando lo encuentro me produce la misma emoción que cuando miraba los libros de él y lo identifico también por las rayas. ¡Miraaaaaa está ahí, puto mosquito, es tigre, le veo las rayas, este no es un mosquito es un helicóptero!, y no te digo nada si lo consigo matar, la satisfacción es sublime. ¡Cabrón, muerto! Jajajajaj (risa maligna).



Parece ser que el insecto llegó desde Italia a Sant Cugat del Vallés en el 2.004 (estoy documentada, hay miles de artículos en la web escritos por biólogos españoles) por medio del transporte de neumáticos usados. Mis piernas ya no son lo que eran, las conversaciones sobre los mosquitos y sus picadas son diarias, me gasto una pasta en productos para prevenir las picadas, en definitiva, hay un antes y un después del verano del 2.004.






Llego al trabajo por la mañana, entro al lavabo de un metro cuadrado dónde nos cambiamos 6 chicas.


-¡Hola, buenos días chicas! ¿Qué tal el fin de semana?


– (Una de mis compañeras) Tía, ayer estuve comiendo en la terraza de un restaurante con unas amigas y alucina como me han dejado las piernas los putos mosquitos tigre, tengo como diez picadas, pero, mira, mira, ¿ves? Todo hinchado…


Efectivamente, le miro las piernas y la pobre tiene unas picadas. Sé que va a pasar a partir de este momento, se ha abierto la veda: LA COMPETICIÓN DE HERIDAS Y PICADAS DE MOSQUITO TIGRE, a la de una, a la de dos, a la de….


-(Otra compañera) ¡Bua! Pues mira yo, tengo un huevo: dos en los brazos, una en las piernas, me han picado hasta en el dedo gordo del pie. Y es que me pica que no veas.


-(Una tercera) ¡Eso no es nada! A mí me picó uno que me salió una roncha que me ocupaba todo el gemelo y aún tengo las marcas de las picadas del año pasado, y anda que no queda feo.


-(Otra) Pues a mí me picó en la punta de la nariz y estuve una semana con la nariz toda hinchada que parecía Miliki y todo el mundo me decía que si era un grano. Y a una amiga le picó en el culo y llevaba tejanos, si es que es muy fuerte, los muy cabrones atraviesan hasta los tejanos, mira que los tejanos los llevaban los mineros para que resistieran el peso de los minerales que recogían, pues ¡toma! Viene el tigre y jode al señor Strauss. Si lo pillara le diría: señor Strauss pues no son tan resistentes sus pantalones que un mosquito asiático los atraviesa.


Carcajadas, todas nos partimos con el comentario de “otra”.


- (Otra bis) ¡ Mierdaaaa, hay uno!


Salimos todas del lavabo como locas, el pánico nos ha cundido.


Todo a cambiado, al llegar el lunes el tema principal ya no es lo que hemos hecho el fin de semana : de los tíos que nos hemos ligado, de la película que hemos ido a ver al cine, del viaje que hemos hecho… hablamos del mosquito y sus picadas en un primer lugar, luego si queda tiempo de lo demás. Pues así o similar hay una conversación al día, en el trabajo, en casa, con las amigas, etc. Admitámoslo, el Aedes Albopictus se ha introducido en nuestras vidas y ha monopolizado nuestros temas de conversación.


Otro ejemplo de invasión relacionada con el susodicho es la publicidad de productos para erradicarlos y para tratar sus picaduras. Parches, pulseras, sprays, cremas, enchufes con arena comprimida, enchufes con radiaciones, velas, ambientadores mata-mosquitos, fumigaciones… todo esto también afecta a nuestro bolsillo, ¡los mosquitos nos están arruinando! Y que me digan algo los ecologistas, al que veo me lo cargo sin compasión ninguna, han cambiado mi vida, y eso no se perdona.


Yo, estoy deseando que llegue el frío y desaparezcan, se me está haciendo eterno, aún recuerdo a principios de Abril cuando vi el primero de la temporada, desde ese momento no estuve tranquila y hasta hoy sufro ataques de histeria cuando los veo y no puedo matarles. Me han despertado una parte macabra que desconocía de mí ¿Veis hasta que punto han cambiado mi vida?


Aunque todo lo que he comentado hasta ahora es negativo, mi personalidad me lleva a buscarle siempre una parte positiva a todas las cosas y pensándolo bien he encontrado algo positivo en esta invasión. Ahora, cuando encontremos a alguien en el ascensor, podemos cambiar el tema de conversación típico del tiempo, el de: “-Buf! qué calor hace hoy, o no para de llover, o a ver si llueve ya que refresque” por el del mosquito tigre. Siempre estamos dispuestos a ponerlos a parir y a mostrar nuestras picadas con los demás en forma de heridas de guerra y eso une. Así que no sé si acabar dándole las gracias o volviéndome a cagar en él porque mientras escribía esto me han picado tres veces, ya os enseñaré mis picadas...




By AieRim